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miércoles, 3 de abril de 2019

L'embaixador i el federalisme

Text de la meua columna Va com Va emesa per Ràdio Gandia el 2 d'abril de 2019.
L'àudio es pot sentir ací.

La setmana passada vaig estar a un congrés a Berlín. En concret al XXII Congrés de l'Associació Alemanya d'Hispanistes que tenia lloc a la Universitat Lliure de Berlín i a l'Institut Iberoamericà. Jo participava a la secció que portava per títol Desaparecido(s): La representación de la ausencia forzada en las literaturas y culturas iberoamericanas, parlant d'una novel.la que m'agrada molt, La resta, de l'escriptora xilena Alia Trabucco Zerán (a Espanya ha estateditada per Demipage i vos la recomane molt) i altra que m'agrada menys (El espíritu de mis padres sigue subiendo enla lluvia, de l'argentí Patricio Pron).

Les dues novel.les parlen sobre l'experiència de la generació dels fills dels qui patiren les respectives dictadures, sobre els traumes i culpes heretats i sobre la demanda de saber. M'agrada més La resta perquè assenyala les continuitats entre el passat dictatorial i el present que no ha sabut ni pogut canviar moltes coses i sobre la necessitat de recordar com a motor per a l'acció present. Ella parla per al cas xilé de post-dictadura. No em sembla un mal terme per assenyalar les febleses i les renúncies de les respectives transicions. De la xilena, i de l'espanyola.

En realitat d'això parlava la meua contribució. De com és de difícil des d'Espanya parlar de la gestió defectuosa dels seus traumes que han fet altres societats, perquè potser siga una manera d'amagar com de malament ho hem fet nosaltres. La tasca del crític ha de ser assenyalar mancances i no reforçar estratègies auto-indulgents.

Un altre dia vos contaré les impressions que em va produir la ciutat de Berlín. Hui volia contar-vos una cosa que em va sorprendre molt. Per a bé, supose: el dia de la inaguració -una cerimònia molt formal i molt llarga, amb discursos protocolaris de diveres autoritats, culminant amb una xarrada d'Antonio Muñoz Molina- una de les persones que prengué la paraula va ser l'Embaixador de l'Estat Espanyol a Alemanya, Ricardo Martínez Vázquez, i va referir-se als problemes que tenim actualment. Va dir que acabarien solucionant-se perquè Espanya necessita aprofundir en la via federal que tan exitosa és a Alemanya. Vos ho promet que ho va dir. I jo que em vaig alegrar.

Va ser bonic de sentir d'un representant del govern de Madrid, encara que probablement només fos per donar bona imatge en un país on sembla que no acaben de tindre clara la qualitat democràtica espanyola. Llàstima que eixes coses no es diguen més dins d'Espanya i que contrasten tant amb els qüestionables espectacles que dona el Ministre d'Afers Exteriors, Josep Borrell, quan va de gira per Europa. Perquè, en efecte, estic molt d'acord amb el senyor embaixador: aprofundir (molt) en el federalisme és la solució.

jueves, 3 de mayo de 2012

La lluvia que te va a calar hasta los huesos


 “Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en mitad del patio. […] Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”. Esta cita de Rayuela se la debo a una amiga que la recitó, de memoria y más por extenso, antes de dictaminar que Julio Cortázar había envejecido mal. Escenificaba así la condición misma del estaqueamiento, de la mojadura. Una cosa es lo que decía su discurso crítico. Otra, la que mostraba recitando emocionadamente un párrafo completo de una obra supuestamente envejecida. Es lo que tiene Cortázar. A Cortázar se le ama.

Roland Barthes, en sus Fragmentos de un discurso amoroso (Círculo de Lectores, 1997) lo explicaría de manera parecida: “¿Qué pienso del amor? –En resumen, no pienso nada. Querría saber lo que es, pero estando dentro lo veo en existencia, no en esencia. Aquello que yo quiero conocer (el amor) es la materia misma que uso para hablar (el discurso amoroso)”. “Excluido de la lógica –concluye más adelante- no puedo pretender pensar bien”.

Creo que esa es una de las cosas más perturbadoras del amor, del enamoramiento. Que simplemente sucede. Que no hay un acto previo de la voluntad. Ni siquiera un simulacro. Y que sólo se puede hablar de él desde fuera. Desde dentro, hay un incesante decir el amor, habitar sus figuras, desplazarse a través de ellas, reiterarlo. Porque en realidad uno no se enamora, se mira enamorarse, normalmente no sin cierto estupor. Como dicen en inglés, se cae en amor. El amor es un trance. Representar el amor es “representarme a mí mismo mi delirio”, para decirlo otra vez con las palabras de Roland Barthes.

Horacio Quiroga, en uno de sus Cuentos de amor, de locura y de muerte, editados por cierto en España por Menoscuarto en 2004, ejemplifica de manera excelente esta estructura de delirios cruzados.  Se titula “La meningitis y su sombra”, y es uno de mis relatos preferidos del volumen.

Carlos Durán, el protagonista, es requerido por la familia de su amigo Funes para que les ayude a paliar el sufrimiento de su hermana pequeña, Maria Elvira, gravemente enferma de meningitis. Al parecer, en su delirio, expresa un deseo intenso de verlo, precisamente a él. A pesar de sus resistencias y escepticismo, accede, y al entrar en la habitación de la enferma se enfrenta a la mirada deseante de dos ojos luminosos: “el mareado relampagueo de dicha –hasta el estrabismo- cuando me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a treinta y siete grados los volveré a hallar”. ¿Pero es que el amor, por definición, puede calificarse de “normal”? ¿Es la temperatura corporal suficiente indicio de la ausencia de delirio?

En cualquier caso, Carlos cumple con su misión “terapéutica”, como la califican insistentemente el médico y la familia. Pero, por supuesto, no sale indemne de ella: “Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no sabe quién soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie. Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a cuarenta grados, se pagan en el día”. Y más, cuando ella, todavía bajo los efectos de la fiebre, le espete a traición la siguiente pregunta desestabilizadora: “¿Y cuando sane y no tenga más delirio, me querrás todavía?”.

El cuento, en efecto, nos plantea muchos interrogantes que no son fáciles de responder. Y que nos remiten a ese peculiar flujo de lenguaje que es el discurso amoroso. Si el amor es un delirio, ¿quién es su sujeto? ¿Dónde estoy yo, cuando mi delirio enuncia sus deseos, y dota, mediante pinceladas sucesivas y logradas (otra vez Barthes), a un objeto concreto de la perfección del fantasma? ¿Cómo nombrar el delirio desde dentro?

Pero también: aun sabiendo que el objeto del amor es tan sólo un fantasma, una sombra, ¿cómo escapar al espejismo de lo perfecto, a la poderosa sensación –estaqueado en el medio del patio- de sentir por un momento colmado el deseo, es decir, de que el objeto –el fantasma- existe, y, contra todo pronóstico, se ha encontrado? ¿Vale la pena, en realidad, intentar escapar, aunque ello fuera posible? Más Barthes: “El encuentro hace pasar sobre el sujeto amoroso (ya raptado) la estupefacción de un azar sobrenatural. El amor pertenece al orden (dionisíaco) del golpe de dados”.

No revelaré el fin del cuento. Sólo diré que acaba bien, pero que, a cambio, muestra en las líneas finales su condición de escritura. La clausura del relato lo blinda contra el desgaste del encuentro inicial. Termina cuando todavía quedan ecos del golpe de los dados contra el tablero.

El amor es un delirio. Alguien que no coincide exactamente con uno –el sujeto delirante- identifica como objeto perfecto de su deseo a una encarnadura –acaso necesariamente temporal- de su fantasma. El momento del encuentro, además –si se produce- concluye un relato, pero está condenado a convertirse en momento mítico de plenitud, tanto más perfecto cuanto que es irrecuperable.

Suena todo bastante embrollado. Y además, parece que no pueda acabar bien. Al menos, bien del todo.

Y, sin embargo, qué propensión a dejarse calar hasta los huesos al salir de un concierto...

La fotografía procede de aseekingspirit.wordpress.com

martes, 6 de septiembre de 2011

Lo inolvidable



El jueves, mi hija pequeña, Rosa, irá por primera vez al colegio. Es el gran acontecimiento familiar de la temporada. Su hermano mayor, Martí, muy formal él también, comenzará sus clases de cuarto de primaria. Últimamente el tiempo se complace en enviarme pequeños testimonios de su paso, sutiles recordatorios de que esto va en serio.


Esa escena fundante que está a punto de producirse, me trajo a la memoria el breve relato que inaugura el libro Lo inolvidable, del argentino Eduardo Berti (Páginas de Espuma, 2010), que leí hace algún tiempo y nunca llegué a reseñar. “El inicio”, se titula. “Hijo y padre caminan en silencio hacia la escuela, a menos de quince minutos de su casa”, es su primera frase. Siempre me conmueve mucho esa imagen de un padre y un hijo de la mano. Porque en este momento de mi vida, uno se recuerda siendo el de la mano pequeña del par, y se percibe siendo el de la mano grande. La vida es, entre otras cosas, el paso de un lado al otro de esa pareja.


Creo que no puedo hablar demasiado del cuento de Berti sin revelar el final. Y no quiero hacerlo, porque es un libro que me gustó y que recomiendo. Pero sólo quiero decir que ahora, en estos días, es capaz de cargar de significado esa escena. La paternidad es un largo aprendizaje. Y reconocer ante el hijo las propias carencias es una de sus condiciones de posibilidad. El hijo es entonces un colaborador necesario en su superación.


Lo inolvidable, por otro lado, es un buen libro. Un libro de relatos argentinísimo y hermoso: un pequeño cuarto de espejos, un magnífico catálogo de paradojas: sobre la doble faz de los objetos de nuestro deseo, como “la carta vendida”, o sobre la sobredosis de información que es otra de las formas de la ignorancia, como “Diario de una lectora de diarios”. O sobre los homenajes a los maestros que son también “Formas de olvido”. Contiene además una inmersión en los laberintos cotidianos de la mentira (“La mentira o la verdad”). “Lo inolvidable”, por cierto, es la literatura manteniéndonos vivos en los epílogos de la existencia, inscrita en los pliegues del cuerpo –o en sus prótesis.


De entre todos, quiero destacar tambien “Volver”. Un hombre vuelve a la Argentina después de quince años en Francia, y sin embargo para los amigos que lo despiden en el aeropuerto han pasado apenas unos minutos. Se trata de una inquietante paradoja temporal que nos envuelve borgianamente –o cortazarianamente- en la futilidad del tiempo, en su dimensión relativa e incomunicable. Del mismo modo que hay horas de quince minutos, puede haber minutos que contengan quince años. Y, a la vez, nos recuerda que volver es siempre un viaje al extranjero.

jueves, 1 de septiembre de 2011

De autoficciones y arqueologías

Ya hace tiempo que no os cuento cosas sobre libros que he leído, y esa era realmente la función original de este blog. Así que después del arrebato autoficcional que fue el post anterior, hoy me apetece señalar algunos libros que he leído en los últimos meses y que, de un modo u otro, se relacionan con esas cosas tan amenas sobre las que disertaba con fruición. Y que, claro, por avatares biográficos y aritméticos, me han tenido bastante entretenido.

Hablando de autoficción, un texto que he leído este verano es El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (Mondadori, 2011). De este autor ya había leído El comienzo de la primavera (Mondadori, 2008), y entonces me había parecido uno de esos escritores latinoamericanos de las últimas promociones que hacen del cosmopolitismo cultural su señal de identidad. Por eso, me ha parecido muy interesante esta indagación sobre el propio pasado familiar, sobre las motivaciones de los padres. Porque esa pregunta realmente es muy saludable –e inquietante- hacérsela alguna vez. ¿Quiénes son –quiénes eran- nuestros padres? La novela me ha gustado, por su sinceridad, y por su impecable prosa. Sin embargo, caray, a veces me parece que el narrador parece realmente volver a la Argentina no desde Alemania, sino desde Marte o el espacio exterior. Será cosa de la pérdida de memoria y de las pastillas que se toma, pero creo que exagera la dosis de extrañamiento ante los avatares paternos. Es verdad que el mundo se ha movido mucho en los últimos 30 años, y que la historia le ha pasado por encima a aquellos sueños de revolución, pero tratar los años 70 como si se estuviera leyendo escritura cuneiforme o algo así me parece un poco excesivo. Pero claro, escribir la dificultad del viaje de regreso no deja de ser una manera de enfatizar la distancia desde la que se inició.

Por otro lado, me ha resultado bastante divertido darme cuenta de que algunos de los libros que he leído últimamente son regresos más o menos nostálgicos a la niñez y la adolescencia. Es la lógica subyacente a estas listas de lectura en apariencia aleatoria que me confecciono. Me gustó mucho Los lemmings y otros, de Fabián Casas (Alpha Decay, 2011). Por su tratamiento de la oralidad, por el efecto de inmediatez de esta prosa aparentemente repentizada, y por la autenticidad del ambiente de barrio recreado. Y en él, por ejemplo, esa pandilla de chavales que enmudecen al escuchar la historia de los lemmings, “unos animalitos parecidos a las nutrias […], que vivían en las madrigueras en el Ártico y que, de golpe, y sin motivo, se tiraban de cabeza por los acantilados, suicidándose” (p. 29).

Todo un símbolo generacional para aquellos chavales cuya adolescencia concluyó de golpe a mediados de los setenta. “La dictadura fue la música disco”, se lee en el inicio del cuento que da título al volumen. Y después, sintéticamente: “El tano Fuzzaro, el japonés Uzu, inventor del Boedismo Zen, los chicos del pasaje Pérez, los hermanos Dulce... Muchos borrados antes de tiempo con el liquid paper del Proceso, las Malvinas y el sida...”. Vaya, parece que después de todo los años 70 no son escritura cuneiforme. Todo es ponerse. Y bajarse del todo del avión.

Por cierto que en este mismo volumen de cuentos puede leerse esta demoledora definición de un adulto: “Alguien que comprende que la vida es un infierno y que no hay ninguna posibilidad de buen final”. En resumen, un hermoso libro triste, verdadero y muy bien escrito. Una prueba más de que muchas veces la profundidad (la verdad) viene de la mano de la sencillez.

Otra prueba de ello, pero en este caso inversa, es Rosas, restos de alas, del español Pablo Gutiérrez (Lengua de Trapo, 2011), que reconstruye otra adolescencia, en este caso como genealogía explícita de los problemas conyugales presentes del narrador. Me ha parecido un libro bien escrito, pero a menudo disperso en una especie de artificio retórico de verborrea pirotécnica. Y no lo esperaba así, después de las críticas tan entusiastas que habia leído.

El narrador se toma muy en serio, está siempre convencido de la gran importancia existencial de su avatar personal. “Milenios de causalidad se han ido al cuerno después de la demolición de las verdades viejas. En consecuencia, evito los porque, los ya que, los entonces, sabiendo que no hay líneas de fuga y que es azar cada cosa”, dice por ejemplo sin menear ni una ceja. Tanta enfática banalidad porque su mujer –por algo será- lo ha echado de casa. “Yo, nadificado, nidificado en la nada”, concluye rotundo páginas después.

Sin embargo, no parece reservar idéntica empatía para otros personajes de su pasado, especialmente las jovencitas de su barrio: “Como ella había muchas en el barrio igual de asquerosas y feas, y a pesar de ello tenían novios que se seguían poniendo camisa los domingos […]. De lunes a viernes iban hechas un asco pero cuando llegaba el fin de semana y especialmente la feria o la Semana Santa, se calzaban tacones de plástico, apretaban sus piernotas dentro de medias de redecilla, y sin rubor paseaban esa pinta grotesca y necia que las hacía tan deseables de ser raptadas, ultrajadas, sacudidas contra el salpicadero de un coche mientras su cadenita de la virgen de nosécuantos hacía tin-tin, tin-tin”, explica sexista y condescendiente.

La novela así, tan existencial ella, parece deslizarse a un costumbrismo de las clases populares al estilo de la serie de televisión Aída. Sin duda, el narrador, consiguió escapar de tanta fealdad a través de la retórica. De hecho, yo creo que ese es el verdadero tema de esta novela: el ascenso social a través del lenguaje. Por eso habla tan pomposo. Es la marca de status del narrador respecto a los cutres vecinos de su infancia. La segunda novela de este autor lleva por título Nada es crucial. Se veía venir.

La fotografía de escritura cuneiforme procede de la página web www.historiadiseno.es

martes, 15 de diciembre de 2009

Aurora Venturini y Ana María Matute


Las primas, de Aurora Venturini (Caballo de Troya, 2009) es una novela gamberra. El personaje narrador, esta chica con un cierto retraso mental y una gran intuición para la pintura, tiene una voz muy personal, una inocencia irónica que a veces uno no sabe hasta qué punto es verdadera inocencia, y qué tiene de fingida. En cualquier caso, no deja títere con cabeza. La familia de la que procede es toda una galería de freaks, desde la madre, “maestra de puntero”, como es presentada en la primera frase, y la deforme Bettina y sus “cuetes”, al profesor de dibujo que se les agrega (llamado José Camaleón) o a su amigo Abalorio de los Santos Apóstoles, y su novia Anita del Porte.

Todo el texto tiene un punto carnavalesco muy divertido. Por momentos, me ha recordado a Silvina Ocampo, en lo malvada y mordaz que puede ser esta narradora. Claro, la novela viene precedida de toda la anécdota del jurado del Premio de Nueva Novela del 2007, que, al abrir la plica y descubrir que la ganadora tenía 85 años creyó que era una broma Pero no, los tenía, y muy bien llevados, con una actitud de estar de vuelta de todo, y de reírse de todo y de todos. Algo de broma tiene la novela, pero de broma inteligente y contagiosa, de broma por el puro gusto de gastarla. Y le contagia al lector ese tono de divertimento políticamente incorrecto, incómodo alguna vez, divertido siempre. Yo me la leí de un tirón en el famoso puente. Y me lo pasé muy bien.

El hecho de que la narradora sea una jovencita que va modificando su tono a medida que escribe (gracias por cierto a abundantes consultas al diccionario, de las que deja testimonio) y que la escritora sea una inteligente abuelita, me recordó a otra novela deliciosa, de tono muy distinto, escrita por otra adorable abuelita de escritura muy potente, Paraíso inhabitado, de Ana María Matute (Destino, 2008), que, de pronto, nos devolvía al universo –y a los tonos- de sus primeras novelas, con una narración aparentemente ligera (trabajadamente ligera) pero en el fondo devastadora sobre la irreversible pérdida del paraíso de la infancia, el paraíso inhabitado del título.

Amo a estas dos abuelitas. A una me la imagino difícil y mordaz, con una chispa de ironía permanente en sus ojos vivarachos, un punto cascarrabias, un punto burlona, pero adorable y divertida; a la otra me la imagino afable y cariñosa, paciente y dulce, a la que el desengaño sobre el mundo ha llevado a un sereno amor compasivo por las personas que lo habitan. A las dos, las veo elegantes y cultas, sabias, escépticas. Las dos me parecen como maestras alternativas y complementarias. Las dos son en un mundo basado en la juventud como valor en sí mismo, un emblema de una ancianidad posible, sabia, activa intelectualmente, capaz de compartir con la sociedad el bagaje de toda una vida, la perspectiva reposada y profunda o socarrona y carcajeante que da el haber percibido el mecanismo del tiempo, de haber podido comprobar lo melancólica o lo grotesca que puede resultar la sucesión infinita de las generaciones.

(La fotografía de Aurora Venturini procede de www.publico.es)

domingo, 20 de septiembre de 2009

Los libros del verano (II)


Hubo más libros en mi vida durante este verano, estos leídos en el sopor de la siesta, sentado en la calle, a la fresca, o a la sombra de la torre de Almudaina, leídos en la piscina mientras mi hijo Martí nadaba o jugaba a las cartas con sus nuevos amigos, leídos en la terraza por la noche, sabiendo que sobre mi cabeza seguían las estrellas.

En esas condiciones leí 13,99 euros de Frédéric Beigbeder (Anagrama, 2002), en apenas dos tardes. El arranque me divirtió mucho, y me interesó, con las citas de Goebbels aplicadas a la publicidad comercial y todo eso. Es provocadora e inteligente, cínica y lúcida, un auténtico exabrupto calculado contra la sociedad de consumo y los mecanismos productores de necesidades ilusorias. Sin embargo, hacia la mitad, la novela empieza a desbocarse, y a tender un poco demasiado hacia el disparate, lo cual creo que le resta un poco de fuerza a la sátira. De todos modos, lo pasé muy bien.

Después, aunque seguí con literatura francesa, el cambio de tono fue brutal. El informe de Brodeck, de Philippe Claudel (Salamandra, 2008), me propuso una nueva reflexión sobre la violencia, sobre las secuelas de la violencia, tanto en un individuo como en una colectividad, y sobre el paso, a veces inquietantemente rápido, de la condición de víctima a la de victimario. Pero también –y sobre todo- la novela se plantea como una reflexión sobre el papel y la responsabilidad del narrador, acusador o constructor de relatos exculpatorios, constructor de la propia comunidad imaginaria. Una novela muy bien escrita, (bien traducida también), que no llegó a apasionarme, pero que me interesó mucho.

Con más fruición leí El comienzo de la primavera, de Patricio Pron (Mondadori, 2008). Aunque por momentos me recordó mucho En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, esta novela no deja de ser estimable en sí misma. Bien escrita y bien narrada, nos acerca a los filósofos alemanes, como el escurridizo Hollenbach tras cuyos pasos se desencadena la pesquisa narrada en la novela, que configuraron la epistemología del nacionalsocialismo, por convicción o por afán de medro personal, o, como en el caso de Martin Heidegger en la novela, por ambas cosas, y que después hubieron de gestionar todo el complejo resto de decepción y culpa que aquella siniestra aventura política les dejó. Una novela que se deja leer con agrado, y que plantea incómodas preguntas, no sólo sobre las huellas colectivas que el nazismo dejó en la sociedad alemana, sino sobre cómo fue posible que aquella refinada y sutil sociedad, que aquellos filósofos, que siguen en la base de mucha de la filosofía contemporánea, acabaran por producir la barbarie más sistemática y absoluta. También en este sentido, y como decía Walter Benjamin, todo acto de civilización descansa sobre un acto de barbarie. O a la inversa: la barbarie es la hija de la civilización. Eso es lo que más estremece cuando se observa la perfecta maquinaria industrial que fue Auschwitz. Nada, allí, era fruto del azar.

El último libro que pude leer entero fue La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe (Anagrama, 2009). Y la culpa fue ahora el nexo de unión. Esta historia de madres devoradoras que condicionan las vidas de sus hijas, que las destruyen psicológicamente, me interesó y me conmovió. La anciana Rosemond graba la descripción y el comentario de veinte fotografías, que el lector debe imaginar. La voz grabada, que es el cuerpo principal de la novela, no sólo detalla lo que las fotografías muestran, sino también lo que ocultan, el fuera de campo, lo que velaban las sonrisas de las poses. Y así se desentrañan los secretos de familia, un maltrato doméstico que se reproduce durante tres generaciones, una nieta que acaba pagando, aumentados en la repetición, los errores de su bisabuela. Por eso entendemos que una de estas niñas que se convertirán en madres diga que su lluvia preferida es la lluvia antes de caer. En efecto, nunca nada es tan hermoso como su promesa.

Después, me abismé en las páginas de la monumental Vida y destino, de Vasili Grossman (Debolsillo, 2009). Y ahí sigo, apabullado ante una novela grandiosa, total, como ya no se escriben. Un día de estos escribiré sobre ella.