A veces encontrar un libro es como enamorarse. De pronto, una cadena inesperada de pequeños acontecimientos, de causas y efectos, nos lleva a encontrarnos. Lo hojeamos, y sentimos que estaba ahí para nosotros, que nos ha estado aguardando en el anaquel de la librería, para que nosotros lo escogiéramos entre todos, lo abriéramos distraídamente, y nos reconociéramos a nosotros mismos en sus páginas.
Porque esas cosas pasan raramente, y porque ayer sucedió, hoy necesito recomendar uno de esos libros. No glosarlo, ni reseñarlo. Recomendarlo. En todo caso, compartir el momento de la lectura, una vez, y otra vez, con el mundo suspendido en torno, la magia de la palabra, de reconocer en la voz de otro, -de otra- algo muy íntimo, que nos pertenece: un pliegue, una fisura, los términos precisos que aciertan a nombrar, a rodear, un hueco, un espacio vacío.
Así leí ayer el libro de poesía Esto no es el silencio, de Ada Salas (Hiperión, 2008). Desde la pasión del reconocimiento, lo recomiendo.
Porque, por ejemplo, en la página 40, se lee
“CUARENTA DÍAS y cuarenta noches y cuarenta
años
para que yo entendiera
que el filo que acechaba como un puñal
la nuca
-a veces sólo un roce
y a veces una hoja
hundida hasta el origen
del dolor-
es el vértice
sur
-tan ciego
y para mí
desde tu ombligo-
el más aquilatado
de tu amor
un legado tan hondo que yo
desconocía
y me hace fuerte ahora y para siempre
ahora
que puedo descansar sobre mi nuca
madre
inmensa soledad donde duerme la mía”